Celta 0 – Aston Villa 1

Este post es el primero de la serie “Partidos del siglo”, dedicado a los partidos que más me han emocionado en mi vida como espectador de fútbol de élite.

Corría la temporada 98/99. Era la segunda participación del Celta en UEFA (en la temporada 71/72 nos había eliminado el Aberdeen en primera ronda). Ya habíamos eliminado al Arges Pitesti rumano sin ningún problema (0-1 y 7-0).

Pero la segunda ronda no iba a ser tan fácil. El bombo nos había premiado con uno de los rivales más complicados: El Aston Villa de Stan Collymore, que por entonces era líder en solitario de la Premier League y destacaba por su extraordinaria defensa, que sólo había concedido 4 goles en lo que se llevaba de temporada. La ida, en Balaídos.

El partido se jugó la noche del martes 20 de octubre de 1998 en Balaídos, delante de 28.000 espectadores. Victor alineó a un once cuyo recuerdo seguramente emocione a más de un celtista: Dutruel; Míchel, Cáceres, Djorovic, Josema; Mazinho, Makelele; Mostovoi, Revivo, Karpin; y Penev. El Aston Villa oponía un once físico, en el que destacaban el central Southgate y el gigantón Collymore.

La noche era agradable, no demasiado fresca, y no llovía. La afición llenaba el estadio bastante antes del comienzo, lo que no es en absoluto habitual en Vigo. El ambiente era espectacular, y a la vez nuevo, como si estuviéramos descubriendo nuestras propias emociones ante la UEFA, que tanto habíamos deseado y que pensábamos casi irrepetible.

El Celta de la 98/99 era un equipo extraordinario y lo demostró en el campo. Mazinho y Makelele arrollaban al centro del campo inglés; los mediapuntas movían el balón a velocidad de vértigo y el gran Djorovic convencía a los delanteros rivales de la inutilidad de intentar presionar a los centrales rivales.

Desde la grada no tirábamos del equipo, respirábamos con él, éramos uno con él y era el equipo el que siempre tomaba la iniciativa, jugando, creando, buscando la belleza del juego, y nosostros rompíamos las manos a aplaudir a cada jugada de calidad; agradecíamos el espectáculo sensacional de nuestros futbolistas, gritando, animando, coreando, y cada cierto tiempo nos mirábamos en la grada, incrédulos, e instintivamente nos echábamos las manos a la cabeza.

Porque la primera parte fue muy buena. Tremenda. Un auténtico partidazo. Nos fuimos al descanso aturdidos, en ese estado de shock que se sufre ante una impresión fuerte de cualquier tipo. El Aston Villa había marcado, 0-1, en el minuto 15, gol a la contra que marcó Joachim a pase de Collymore. Eso era lo de menos. Poco nos importaban los goles rivales en aquellos tiempos, el Celta parecía un equipo capaz de remontar en cualquier momento.

La segunda parte fue bestial, bestial, increíble. Los mejores 45 minutos que he visto nunca al Celta. Pisábamos el área constantemente, a veces dábamos 4 ó 5 pases dentro del área, ante la impotencia de los centrales rivales, sólo para fallar clamorosamente ocasión tras ocasión. En una subida de Michel Salgado, pasó en corto el balón a Mostovoi, que lo dejó pasar a Karpin, que lo dejó pasar a Penev, que lo dejó pasar a Mazinho, que remató ante el desconcierto de la defensa del Aston Villa ante las tres fintas consecutivas. Hermosísima jugada de equipo. El balón salió fuera.

En los últimos minutos entraron Sánchez, Tomás y Cadete, que llevaron todavía más peligro al área rival. Karpin se colocó en el lateral derecho, como solía disponer Víctor cuando había que remontar. El buen juego siguió hasta el final de los 90 minutos, sin ninguna concesión a los nervios de los minutos finales, creando ocasiones y fallando en el remate hasta el último minuto.

Acabó el partido y la gente se puso en pie, aplaudiendo a rabiar y coreando el “Celta! Celta!”. Se me puso la carne de gallina y me sentí más orgulloso que nunca de mi equipo. La gente se resistía a abandonar el estadio, y miraba al cesped de Balaídos con una sonrisa melancólica, pensando en lo bonito que había sido la experiencia europea y lo triste de que acabase tan pronto… A no ser que, a fin de cuentas, volviéramos a enseñarles a los líderes de la Premier lo que es el fútbol, en la vuelta, y esta vez sí los rematásemos.

Pero esa noche volvimos a casa con la confirmación de lo que ya sabíamos: El Celta es el equipo que mejor sabe perder. Y que derrotas como esa, con lo dolorosa que fue, valen más que muchas victorias.

Ojalá algún día vuelva a ver perder al Celta de aquella manera!

Un rival a la altura: El gran Stan Collymore

El gran Stan Collymore